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La Belleza tranquila del Cabo de Gata

0 comentarios - Fecha: 2009-06-14
Como dando la espalda al resto de la península, de cara al Mediterráneo, pero infinitamente diferente al resto del este; así es el Cabo de Gata, un parque natural de belleza tranquila, de rincones recónditos, parajes áridos y desérticos, poblado -muy poco poblado- de gentes sencillas, como de otro tiempo.

Cabo de Gata

Es “Reserva de la Biosfera” desde 1997, sin duda por esa rareza tan particular de calas y playas vírgenes, enormes acantilados volcánicos castigados por los vientos, arrecifes increíbles, una importante vegetación endémica y grandes colonias de aves migratorias, concentradas sobre todo en las Salinas.

Cabo de Gata. Salinas

Parece un lugar en el que hubo y hay que trabajar duro para la supervivencia.

Los pueblos son sencillos, blancos, muy blancos para contrastar con lo negro de sus tierras y lo verde de sus pitas, palmeras y chumberas. Aquí se sigue haciendo barro, tejiendo jarapas a mano y haciendo redes sentado en el puerto.

Cabo de Gata

Al Cabo de Gata hay dos formas de disfrutarlo.

Una, desde arriba, desde sus miradores, para apreciar bien sus aguas transparentes, verdes y azules, sus arrecifes y sus cerros oscuros, como el Mirador de la Amatista, el de los Muertos, el de las Sirenas o el de la Isleta- que tiene uno de los palmerales más bonitos del Parque.

Cabo de Gata. Miradores

La otra es desde abajo, para buscar sus calas y playas, todas dignas de atardeceres.

Hay que coger la mochila y la cantimplora, para llegar a lo mejor, como la Cala de Enmedio, en Agua Amarga, o la Cala de los Toros en la Isleta del Moro.

Cabo de Gata. Calas

Cualquier paseo por estos caminos que llevan al mar bajo un sol de justicia, tiene como premio… un pequeño paraíso.

Cabo de Gata. Calas

Las playas no son menos hermosas, aunque estén más “desgastadas” por los fotógrafos, como la playa del Arco en los Escullos, o la playa de Mónsul, inconfundible con su “peineta”, por la que Sean Connery corría espantando gaviotas con su paraguas en la tercera entrega de Indiana Jones.

Cabo de Gata. Monsul

En fin, que la lista es larga, la playa de la Media Luna, la Ensenada de los Genoveses, la playa de los Muertos…

Todas comparten preciosos entornos, un cromatismo excepcional y muchísima tranquilidad (al menos, en junio…).

Cabo de Gata. Ensenada de los Genoveses

Desde arriba o desde abajo, hay que esperar los atardeceres. Un momento mágico. Y habrá que regresar en invierno para ver “el mar blanco”, como lo llaman aquí, una época del año en la que, la falta de corrientes hace que el mar esté tan quieto, que el horizonte cambia de color.

Pero si quieres tener una visión completa de esta tierra de Gata, tienes que ir también al interior, y en un día caluroso, adentrarte por una carretera absolutamente solitaria, con pequeños cortijos de estructura cúbica salpicados de forma desordenada, a veces un molino, otras veces un pozo.

Cabo de Gata. Interior

Así llegarás al “Cortijo de los Frailes” o a Los Albaricoques, el pueblo al que Sergio Leone llamó “Fuentes Calientes” en su western “La muerte tenía un precio”.

Cabo de Gata. Albaricoques

La autenticidad de sus gente, aquella abuela vestida de negro con la cara castigada por el sol, seguramente le fascinaron, y todos ellos, sus verdaderos habitantes fueron protagonistas también de la película. Volvió muchas veces para rodar en esta tierra.

El cine se sintió atraído por estos parajes de intensa aridez, por la belleza del desierto. Por eso el Desierto de Tabernas- ya fuera de los límites del Parque Natural del Cabo de Gata- además del paisaje tiene como reclamo varios “poblados del oeste”.

Desierto de Tabernas. Pueblos de cine

Hay varios parques en los que se conservan los lugares donde se rodaron los exteriores de muchísimas películas del oeste. De los mejores y más auténtico “Fort Bravo”, el más preparado para el turismo “Oasys”.

Para pasar un rato divertido.

Desierto de Tabernas. Pueblos de cine

Persecuciones a tiros con jichos en directo… o un remanso de paz, el desierto da mucho de sí.


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